Pompeo Girolamo Batoni nació el 25 de enero de 1708 en la ciudad de Lucca, un centro de gran tradición artesanal en la Toscana. Su padre, Paolino Batoni, era un orfebre de renombre cuya influencia fue determinante en la formación del carácter y la técnica del joven Pompeo. Desde muy pequeño, el niño fue integrado a las tareas del taller de platería, donde aprendió a manejar el buril y a comprender la importancia de la precisión milimétrica en el diseño. Esta formación inicial en la orfebrería no fue un simple preludio, sino la base de su estilo pictórico posterior, caracterizado por una nitidez y un acabado que muchos contemporáneos compararían con el esmalte o la porcelana. Durante su adolescencia en Lucca, Batoni mostró una inclinación natural por el dibujo que superaba las necesidades del taller familiar. Sus primeros bocetos llamaron la atención de la nobleza local, y figuras como el marqués Gabbriello Riccardi decidieron apostar por su talento, proporcionándole los medios para que en 1727 se trasladara a Roma con el fin de perfeccionarse.
Al llegar a Roma, Batoni se encontró en el epicentro del arte mundial, pero su camino no fue el de un aprendiz convencional. Aunque pasó breves periodos en los talleres de Sebastiano Conca y Francesco Imperiali, su verdadera escuela fueron las calles y los museos de la ciudad. Se sabe que pasaba jornadas enteras en el Vaticano y en el Capitolio, dibujando sistemáticamente las estatuas de la antigüedad clásica y estudiando las composiciones de Rafael. Esta etapa de formación fue dura en lo económico; para subsistir, realizaba dibujos de antigüedades que vendía a turistas y coleccionistas, ganándose una reputación temprana como un copista de exactitud asombrosa. En 1729, su vida personal tomó un rumbo que complicaría su situación financiera: se enamoró y contrajo matrimonio con Caterina Farnesina. Esta decisión, tomada sin la aprobación de sus benefactores en Lucca ni de su padre, provocó que le retiraran la pensión económica que recibía. Batoni se vio obligado a trabajar con una intensidad febril para mantener su nuevo hogar, lo que aceleró su transición de dibujante a pintor de óleos de gran formato.
Su gran oportunidad profesional surgió a principios de la década de 1730, cuando recibió el encargo de realizar un retablo para la iglesia de San Gregorio Magno al Celio. En esta obra, Batoni demostró que había asimilado las lecciones del clasicismo romano, combinándolas con una sensibilidad propia. A este encargo le siguieron otros en Lucca, como el retablo de la iglesia de San Cristoforo en 1732, lo que marcó su reconciliación con su ciudad natal. Sin embargo, Batoni ya había decidido que su destino estaba en Roma. En 1741, su prestigio fue oficialmente sancionado con su ingreso en la Accademia di San Luca. Durante estos años, su vida familiar fue intensa y, en ocasiones, dolorosa; tras la muerte de su primera esposa Caterina, con quien tuvo cinco hijos, Batoni se encontró ante la necesidad de reorganizar su vida. En 1747 contrajo matrimonio con Lucia Fattori, quien se convertiría en su compañera definitiva y con quien tendría otros siete hijos. La gestión de una familia tan numerosa, de doce descendientes en total, se convirtió en el motor principal de su prolífica producción artística.
La casa de Batoni en la Via Bocca di Leone se convirtió gradualmente en un centro neurálgico para los extranjeros que visitaban Italia. A partir de 1750, el artista comenzó a especializarse en un género que le daría fama imperecedera: el retrato del Grand Tour. Los jóvenes aristócratas británicos, irlandeses y alemanes que llegaban a Roma como parte de su educación sentimental y cultural consideraban que tener un retrato firmado por Batoni era el máximo símbolo de estatus. El artista diseñó un modelo de retrato en el que el cliente aparecía rodeado de elementos que aludían a su erudición, como bustos de filósofos, mapas o vistas de las ruinas romanas. Batoni no solo captaba el parecido físico, sino que elevaba al retratado mediante una puesta en escena de elegancia aristocrática. Su habilidad para pintar las texturas de las casacas de seda, los encajes y las condecoraciones era tan prodigiosa que se decía que sus cuadros parecían respirar. A pesar de la enorme demanda de retratos, Batoni nunca descuidó la pintura religiosa y mitológica, que seguía siendo su pasión principal y la que le otorgaba mayor respeto entre sus pares académicos.
A nivel institucional, el ascenso de Batoni fue imparable. En 1754, bajo el pontificado de Benedicto XIV, fue nombrado conservador de las colecciones de arte de los palacios papales, un cargo que implicaba la supervisión y restauración de obras maestras de la Iglesia. Su relación con el Vaticano fue constante y fructífera; trabajó para tres papas sucesivos y dejó su huella en edificios tan emblemáticos como la Basílica de Santa Maria degli Angeli, donde ejecutó una imponente representación de San Bruno. Su fama cruzó todas las fronteras europeas, y pronto comenzó a recibir invitaciones de las cortes de Viena, Madrid y San Petersburgo. Sin embargo, Batoni, profundamente apegado a su familia y a su rutina romana, rechazaba sistemáticamente abandonar la Ciudad Eterna. Prefería enviar sus lienzos por correo, gestionando una logística de transporte compleja para que sus obras llegaran a sus ilustres clientes en el extranjero. Su taller funcionaba con una organización militar; Batoni realizaba los estudios preliminares y pintaba las partes esenciales como rostros y manos, mientras que sus hijos y asistentes colaboraban en los fondos y ropajes bajo su estricta supervisión técnica.
Un hito fundamental en su biografía ocurrió en 1769, cuando el emperador José II de Austria y su hermano Leopoldo, Gran Duque de Toscana, visitaron Roma y solicitaron ser retratados por él. El éxito de este retrato doble fue tal que el emperador lo elevó al rango de noble, otorgándole un título que Batoni exhibiría con orgullo el resto de su vida. Este reconocimiento no solo era un triunfo personal, sino que dignificaba la profesión del artista en una sociedad todavía muy jerarquizada. A pesar de su riqueza y sus títulos, Batoni mantenía una vida cotidiana metódica y austera. Se levantaba temprano para asistir a misa y dedicaba el resto del día al trabajo en su taller. Sus pocos momentos de esparcimiento los pasaba con su familia; sus hijas, educadas en el canto y la música, solían ofrecer recitales privados para los clientes que visitaban el estudio, creando un ambiente de refinamiento que ayudaba a cerrar los lucrativos contratos de retrato. Se describe a Batoni como un hombre de trato afable pero firme en sus negocios, muy consciente del valor monetario de su tiempo y su talento.
En la década de 1770, el taller de Batoni alcanzó su máxima capacidad productiva. Era la época dorada de los viajeros ingleses, y el artista llegó a pintar a más de doscientos caballeros británicos a lo largo de su carrera. Sin embargo, esta especialización le trajo algunas críticas de sus rivales, especialmente del pintor alemán Anton Raphael Mengs, quien consideraba que Batoni se había convertido en un fabricante de retratos por dinero. La rivalidad entre Batoni y Mengs dividió a la Roma artística en dos bandos: los seguidores del naturalismo elegante de Batoni y los defensores del idealismo intelectual de Mengs. Batoni, poco dado a las teorías estéticas complejas, prefería confiar en su observación directa de la naturaleza y en su capacidad para halagar al modelo sin perder la veracidad. Sus cartas de este periodo muestran a un hombre preocupado por la dote de sus hijas y por la formación de sus hijos varones, a quienes intentó dejar el taller como herencia, aunque ninguno de ellos llegaría a igualar su genialidad.
A medida que se acercaba a los setenta años, su salud comenzó a resentirse, pero su pincel no se detuvo. En 1782, recibió uno de los encargos más prestigiosos de su vejez: los retratos de los Grandes Duques de Rusia, quienes viajaban bajo el nombre de Condes del Norte. A pesar de los temblores ocasionales en sus manos y una visión cansada, Batoni logró completar las obras con el mismo acabado impecable que lo había hecho famoso décadas atrás. Su posición económica era por entonces envidiable; poseía varias propiedades en Roma y una colección de arte privada que incluía dibujos originales de los grandes maestros del Renacimiento. En sus últimos años, su casa seguía siendo un lugar de visita para cualquier personalidad de paso por Roma, incluyendo al joven Johann Wolfgang von Goethe, quien quedó impresionado por la dignidad y el aura de autoridad que desprendía el anciano pintor.
La devoción religiosa de Batoni se intensificó en sus años finales. Era un miembro activo de varias cofradías y mantenía una relación cercana con los sacerdotes de San Lorenzo in Lucina, su parroquia habitual. Su testamento, un documento de gran detalle, revela su preocupación por que su familia no pasara necesidades tras su partida. Dejó instrucciones claras sobre la venta de algunas de sus obras y la preservación de otras para sus descendientes. Falleció en su residencia romana el 4 de febrero de 1787, a los 79 años. La noticia de su muerte se extendió rápidamente por Europa, y se celebraron funerales solemnes en su memoria. Fue enterrado en San Lorenzo in Lucina, donde su familia y la Academia de San Luca le rindieron honores finales.
La herencia de Batoni fue compleja. Aunque sus hijos intentaron mantener el taller, la llegada de las guerras napoleónicas y el cambio radical en el gusto artístico hacia un Neoclasicismo más severo y político, liderado por Jacques-Louis David, hicieron que el estilo refinado y aristocrático de Batoni perdiera vigencia rápidamente. No obstante, su figura quedó grabada como la del artista que mejor supo captar el esplendor de una Europa que desaparecía. A través de su vida, se puede rastrear la evolución de un joven de provincias que, armado únicamente con la disciplina de un orfebre y una ambición inquebrantable, logró convertirse en el árbitro del gusto europeo y en el retratista definitivo de una era de elegancia sin parangón. Su correspondencia con los familiares en Lucca, mantenida hasta sus últimos meses, muestra que nunca olvidó sus orígenes humildes, enviando regularmente ayuda económica a su ciudad natal y recordando siempre que su éxito se debía a la constancia aprendida en el taller de su padre Paolino.